No era tristeza, era rabia.
De pequeña siempre fui una niña llorona, muy llorona; a veces, ni siquiera yo misma lograba identificar con claridad qué me hacía llorar, pero a mi alrededor todos solían formular sus hipótesis. "Es una niña muy emocional", "está demasiado mimada", "es una niña con tendencia a la tristeza"... Lo que pocos sabían, es que también era una niña con una aparente alta necesidad de afecto, y esto me hacía experimentar un alto temor a que los de ahí fuera me dejaran de querer, empezando por mi familia y terminando por aquellos más lejanos.
Por lo que, de manera inconsciente en aquel momento, me esforzaba mucho en cumplir con exactitud las normas y expectativas.
En temas académicos, hasta la universidad, iba de suspenso en suspenso hasta llegar a ese costoso aprobado bajo, pero las normas asociadas a mi género para ser merecedora de afecto las sentí sobre mí a muy temprana edad. Ya que en los estudios era decepción tras decepción, en las segundas debía hacerlo de diez.
"Una niña muy buena", "siempre ayudaba a sus iguales", a los que a veces cuidaba y dedicaba más tiempo que a mí misma, "dulce", "cariñosa", "tímida" y que "nunca nunca se enfadaba", incluso si le tratabas mal, ella te diría con voz calmada que no pasaba nada, que te perdonaba o que ni le había molestado. De pequeña recuerdo a muchas personas alabar estas cualidades, sobre todo, la de no enfadarse y ser tan buena, a día de hoy me parecen unas enormes señales de alerta de las que alguien debería haberse percatado, pero no fue así.
No digo que, parte de estas cualidades, no existan en mí y sean reales y parte de mi ser, pero otra parte de ellas se vio durante años alimentada por el: "Si me salgo de aquí, me dejarán de querer".
Y da igual lo que te esforzaras, siempre pedían más, nunca era suficiente, la maldita palabra esa: "suficiente"... cuanto daño me hizo y me sigue haciendo todavía ahora cuando mis versiones anteriores me cargan sus miedos.
Me recuerdo en muchos momentos de esos y observo a una niña que, algunos días, sostenía una sonrisa artificial mientras por dentro le quemaba la rabia, por dentro esa niña sí se enfadaba y había cosas que le dolían y le enfurecían, tanto que muchas veces deseaba prenderle fuego a todo, destrozar las paredes, gritar sin parar y acabar agotada, pero el miedo a perder el afecto de los de ahí fuera le atemorizaba tanto que no hacía más que llorar al sentirse sin escapatoria.
Sentía rabia, no tristeza, sentía mucha rabia porque muchas cosas a mi alrededor no estaban bien y nadie parecía percibirlas. Lo que ocurría, en esa aparente normalidad y entre esas normas tan rígidas, era que una niña se pasaba horas mirándose en el espejo preguntándose si lograría seguir siendo suficiente siempre, para garantizar así que nunca le faltasen unos brazos dispuestos a quererla y cuidarla.
Nos metieron, queriendo o sin querer, mucha mierda en la cabeza. Ahora, descubro que mi llanto era ese puñado de gritos que no pude emitir hasta alejarme de los sitios que me vieron crecer.
Sigo teniendo muchas dificultades para expresar mi rabia, pensamientos del pasado me siguen persiguiendo; a veces, aparece en mí ciertas ansias de querer venganza, ser yo quien grite en nombre de esa niña que se cuestiona si es suficiente o si es merecedora de amor y cuidados.
Algunos días siento rabia, mucha. Ganas de destrozar las paredes de esa habitación y mostrarle que hay vida más allá de las fronteras... todavía no sé muy bien ni sentirla ni gestionarla del todo, pero está bien sentir esto que siento. Está bien que llorase tanto, fue mi manera de sacarla fuera en aquellos años, eso me permitía sobrevivir y respirar mejor, así que está bien y es válida la rabia que sentí y siento.
Si os gusto así bien, y sino también. No solo era una niña tímida y dulce, era mucho más que eso, muchas más emociones que no siempre me permitieron mostrar bien o del todo.
Ahora que puedo, voy a permitirme sentirlo todo bien adentro e ir aprendiendo a sacarlo bien afuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario