Había una vez una niña valiente que jugaba cada día a ser alguien distinto; la princesa de ese baile real, una dragona sin miedos, un hada jugando con el amor, una ardilla aventurera o una guerrera con ansias de ponerlo todo patas arriba.
La niña corría, saltaba sin parar y se divertía con los nuevos amigos que hacía en cada aventura, muchos de ellos solían encontrar en esa niña grandes cualidades, pero ella siempre quitaba importancia a estas alabanzas, al creer que no eran más ni mejores que las que ella veía en el resto.
Pero, la diferencia estaba en que los de ahí fuera no solían pararse a observar la infinidad de reinos que llevaban dentro, algo que le parecía curioso, ya que ella lo hacía hasta sin darse cuenta cada vez que este mundo le parecía demasiado pequeño, demasiado injusto o demasiado tenebroso.
Fueron varias las noches en las que sus amigos le proponían jugar al escondite en el bosque, buscar figuras preciosas entre las estrellas, o escuchar la infinidad de sonidos misteriosos de alrededor. Ella, de manera sutil, pero firme, rechazaba siempre estas propuestas y aprovechaba estos momentos para viajar a nuevos reinos, algo distintos, pero igual de especiales. Solía imaginarse siendo ese hada brillante que siempre lograba escapar de los miedos, mientras se permitía un poco más jugar a eso del amor.
Una noche, voló tan lejos de sus bosques habituales, que algo cambió. No sabría decir si sucedió fuera o dentro de ella, pero desde ese nuevo rincón todo se veía distinto, y las estrellas parecían estar más cerca de ella; durante largas horas se divirtió jugando y aprendiendo las nuevas constelaciones que veía desde ahí, era la primera vez que observaba muchas de ellas y, aunque dudaba de si todo esto era real o un sueño precioso de cómo sería atreverse a viajar al otro lado de la luna, disfrutaba siendo la única niña de aquella gran ciudad capaz de viajar hasta las estrellas.
Tras semanas de continuas aventuras y exploraciones nocturnas, cierta nostalgia se coló en su interior e hizo que tuviera ganas de volver a jugar con esos amigos que le solían acompañar en sus primeras expediciones. Una vez con ellos, parecía que el tiempo se había detenido y que todo permanecía en el mismo punto en el que lo habían dejado, pero se sentía muy distinto. Sus amigos le abrazaban, le escuchaban con interés todas sus hazañas y le recibieron con grandes sonrisas, pero esto no hacía más que aumentar su culpabilidad y malestar por no sentirse como cree que debía hacerlo. Se esforzó durante días por sentirse una más y que nada había cambiado, pero, tras numerosos y agotadores esfuerzos, la pequeña aventurera optó por volver a sus fieles estrellas.
Esa noche ni las estrellas le sirvieron de consuelo, parecía, incluso, que hasta estas brillaban menos. La niña lloraba asustada, mientras la soledad y los miedos le castigaban con dureza el haber viajado más lejos de lo que debía. Todo permanecía en silencio, pero su interior no hacía más que rugir, impidiéndole conciliar el sueño, dudaba varias veces de si había sido buena idea salir tan lejos de su casa y de sus habituales bosques. A veces, incluso se arrepentía de no haber pensado más o mejor las consecuencias de estos actos, pero todo este ruido se esfumaba cuando veía desde ahí las impresionantes vistas y constelaciones.
Eran preciosas y, aunque todavía ahora sigue cierta nostalgia y tristeza habitando en su interior, también hace poco que un puñado de luciérnagas le han empezado a hacer sonreír sin querer y a pintar nuevas ilusiones y fantasías entre esas constelaciones distintas, pero especiales.
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