viernes, 31 de enero de 2025

Deseos prohibidos e intimidad peligrosa

Mi psicóloga me ha pedido que escriba, así que escribo sin parar todo lo que ocurre aquí dentro y, sobre todo, lo que siento.

Ayer hablaba con ella sobre el deseo sexual, sobre cómo se siente sentirse deseada y desear al otro, sacamos a la luz cierta culpabilidad indebida que experimento en estos momentos y cierta vergüenza comprensible, fue una sesión divertida, pese a que mis mejillas no dejaban de arder y mi mirada evitaba cualquier contacto visual con mi psicóloga, la cual se mostraba mucho más relajada y cómoda.

Sentí mucha rabia, tanta que me quemaba por dentro, cuando me recordó, con sacos repletos de ternura y cariño, que el haber sufrido una agresión sexual no nos convierte en posibles agresores ante otros, pero no por ello disminuyen los miedos propios a sentir que estamos haciendo algo mal tan sólo por desear y sentirse deseadas. 

La intimidad y lo sexual es algo demasiado delicado y valioso como para que muchos se limiten únicamente a quitar o quitarse prendas de ropa, en algunos casos los cuidados son tan inexistentes que hasta me cuesta comprender que no sea visto como otra forma de violencia. Un cuerpo es mucho más que un cuerpo; un cuerpo tiene una historia, marcas, heridas, recuerdos tatuados y vida en su interior, merece ser sostenida, cuidada, admirada y querida; nos da más miedo hacer esto que deshacernos de la ropa, tal vez porque no nos atrevemos a desnudarnos de verdad nunca, no vaya a ser que alguien consiga observar(nos) de verdad. 

La intimidad y lo sexual, en las manos y espacios adecuados, debería ser un juego en el que el miedo no tuviera cabida y en el que nos sintiéramos cuidadas, aún estando desnudas de verdad. 
Por querer correr de más o no aceptar ningún riesgo os perdéis todo un mundo precioso de colores, sensaciones y emociones.

Llenar tu cuerpo de caricias que espanten al frío, unir los lunares de tu cuerpo y sentirme una artista creando sobre su lienzo, dejar un camino de besos sobre tu espalda, columpiarme desde tu sonrisa hasta tu cuello y escuchar el sonido de tu respiración como la canción más preciosa de todas, los besos de esquimal, mi nombre entre unos gemidos entrecortados, los mordiscos deseados y las miradas valientes entre tormentas de besos, risas y magia.

Hay todo un mundo de instantes preciosos en la vulnerabilidad compartida, algunos días siento lástima de que haya tantas personas perdiéndose esto. Luego, me vuelve la rabia propia de notarme algo incómoda en estos momentos por haberme sentido anteriormente una muñeca de trapo en manos expertas en agarrar, pero no en acariciar y cuidar.


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