Abrazo la tristeza; conocida, pero igual de dolorosa y solitaria que cada año al terminar el verano. Le pido, con miedo, que no me haga mucho daño, que me deje ratitos de libertad, y que entonces yo prometo no cerrarle le puerta cuando aparezca.
Me refugio en recuerdos preciosos, me columpio desde el recuerdo de una sonrisa especial, y me emociono con facilidad al recordar(me) siendo muy feliz en miradas llenas de colores; los miedos a veces siguen pisándome los talones, y más al pensar en los cambios que habrá más adelante, pero a su lado todo parece más sencillo.
Y, por eso ahora, abrazo esta tristeza que me hace llorar, porque es el precio a pagar por la infinidad de emociones y colores que me he permitido sentir hasta el último momento.
Ser y sentir así cada verano... con tanta intensidad, verdad y ganas es algo que me hace sentir muy orgullosa; ver el muro al final de la carretera y no frenar, sino cerrar los ojos y cantar sonriendo la última canción... duele el impacto final, pero esos últimos días bailando y siendo felices me hacen sentir realmente viva y mucho más valiente de lo que soy en realidad. No me preocupa esta tristeza, ya la he sentido anteriormente, ambas estamos en la misma habitación, sabemos que ninguna podrá escapar de la otra hasta que no nos miremos y nos quedemos juntas varias noches; le esperaba temblorosa y algo miedosa, ahora que ha llegado siento que todo duele demasiado y que toda mi energía se ha escapado por la ventana, sé que no es así.
Respiro hondo, me abrazo mucho y fuerte cuando lo necesito; una niña aquí dentro observa el columpio vacío que hay junto al suyo, intento asegurarle que no está vacío, pero que debemos volver a aprender a mirar de una forma distinta para sentir que ella sigue ahí sentada; una mezcla de tristeza y rabia se cuela en su mirada, me pide retroceder en el tiempo y quedarnos cinco minutos más ahí, le abrazo fuerte e intento con ello cumplir su deseo.
Me dan miedo las noches siempre que estoy muy triste porque siempre son algo complicadas de sentir, por eso procuro no olvidarme nunca de respirar y de recordar que esto, como cada año, pasará cuando deje de pedirle a la tristeza que se largue. La pequeña de aquí dentro queda dormida por agotamiento en mis brazos, le llevo volando hasta la luna, le canto una nana y le leo cuentos preciosos cuando se desvela. Desde ahí arriba, todos los miedos se ven con su tamaño real y esto nos hace sentir mejor, más libres y valientes. Las distancias también parecen y se sienten más pequeñas, esto nos hace sonreír. Le indico, entonces, que observe atenta dentro de sí misma, descubre que ese columpio no está vacío, nos emocionamos a la vez y me pide quedarnos allí arriba a dormir.
Hay tanta ternura y amor en la escena que hasta la tristeza deja de arañar durante unos minutos y nos abraza agradeciéndonos el huequito de la cama que le guardábamos sabiendo que, antes o después, vendría.
Frenar, respirar, sentir todo lo que siento y volver a mirar bien para descubrir que sigues justo aquí, a mi lado, lo estoy haciendo paso a paso, intentando que los miedos no me ganen mucho terreno.
Te echo muchísimo de menos, pero sé que sigues aquí cerquita, te siento cada vez que la luna me cuenta cuentos para dormir, no quiero bajarme todavía de ella, aquí arriba parece todo más sencillo y silencioso que ahí abajo.
Te quiero ♡
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