Salvo mis padres y yo, el resto de mi familia es toda de Galicia.
Esto hacía que el día en que salíamos de Madrid a Galicia en coche toda mi familia estaba pendiente de por dónde íbamos y cuánto tiempo nos quedaba por llegar. Mis primas, impacientes porque llegase, me hacían videollamadas o me pasaban fotos de la comida que la abuela estaba preparando, mi abuela nunca dejaba a nadie sentarse en la mesa ni empezar a comer hasta que no llegásemos.
Echo de menos algo parecido con esto; que alguien esté pendiente de si me queda mucho para llegar a casa, que me pregunten si he comido y que me digan que no han empezado a ver la película porque quieren que llegue yo antes, echo de menos sentir que pertenezco a alguna casa, me gustaría ir formando mi propia familia, una en la que haya personas que me amen y que me tapen si me quedo dormida en el sofá, echo de menos sentirme cuidada, aunque nunca lo consiga poner demasiado sencillo.
No quiero promesas en el aire ni que me deseen que todo me vaya muy bien, afirmando que me lo merezco más que nadie, quiero que alguien tenga ganas de quedarse aquí de manera indefinida y construir esa casa en la que no haga falta estar ni bien ni calzado.
A veces vuelvo a pensar en la posibilidad de que yo no sirva o no valga para esto, para esos cuidados, ese amor y esa familia... me asusta pensarlo, intento creer que no es así, pero me gustaría sentirme más acompañada, y que alguien me pidiera que le acompañase al médico a por unos resultados importantes, que le acompañara a hacer la compra o que fuera haciendo la cena porque estoy llegando.
Mierda de tristeza.
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