Cuando era pequeña no había navidad que no subiéramos al norte, a la casa de la abuela.
Para mí siempre será uno de los lugares más espaciales del mundo. Hace unos años que ya no hay, físicamente, ni abuela ni casa de la abuela; pero, durante muchos años ese lugar y mi abuela eran el mejor refugio en el que descansar de todo el ruido y cosas feas del mundo; ella tenía ese superpoder de hacer más bonito hasta el día más negro, de liberarte, por dentro y por fuera, de todos los miedos y curar con esmero e infinito cariño las heridas que tuvieses, cuando las de tus rodillas fuesen ya las menos preocupantes.
Esa casa era mágica, hermosa, y en ella ocurrían tantas muestras de amor que costaba, a veces, no dudar de si lo que estabas viviendo era real o un sueño precioso. "Abuela, ya estoy en casa", no acababa de terminar la frase y ya estaba escuchando el sonido de sus manoletinas por el pasillo acercándose, su alegría se sentía incluso antes de fundirme en ese abrazo, que tanto anhelaba durante el curso y que tanto sigo anhelando los días en que la tristeza aprieta.
El día en que mi abuela nos dejó se fue por la puerta grande, una dama como ella no podría haberlo hecho de otra forma, ella siempre decía que había que saber cuándo irse, ella lo hizo con un corazón repleto de amor, tanto que incluso consiguió que una pequeñita y especial parte de ella se quedara en nuestro interior para ayudarnos siempre a saber el camino. "Lo que hagas, hazlo con mucho amor", ese era uno de los muchos secretos que mi abuela compartió conmigo cuando creía que ya no estaba aquí; yo siempre he creído y creeré en la magia, ¿cómo no iba a hacerlo teniendo unos abuelos como ellos?.
Fantaseo mucho, desde entonces, con encontrar algún día nuevas casas que se parezcan a la casa de mi abuela. Han cambiado mucho las cosas desde entonces, y yo a veces sigo recordando la casa de mi abuela con infinito amor. Ese amor que olía por el pasillo a empanada recién hecha, ese amor que hacía que siempre despertara en mi cama bien tapada, cuando la noche anterior me había quedado dormida en el sofá, el amor con el que mi abuela tejía a punto siendo una verdadera artista, el amor de unos brazos gorditos apretándote contra su pecho y, en definitiva, el amor que vivía en el interior de mi abuela, que sentía sin frenos y que compartía hasta en la forma en que pedía el pan cada mañana en esa tienda de abajo.
Estoy segura de que no todas las cosas que he vivido estos últimos años mi abuela las entendería, pero sé que allá donde esté sigue deseando verme feliz; a ambas siempre nos costó el compartir(nos) demasiados gestos de cariño o palabras de afecto, pero nos queríamos de otra forma más especial. Nos queríamos a través de la forma en la que nos mirábamos en las reuniones familiares, en la ilusión con la que jugábamos a darle golpecitos a ese globo, en la manera de abrazarnos, en las comidas compartidas, en las tardes comentando cada concurso de la televisión, en la manera en la que me subía la cremallera del abrigo cuando hacía frío, en su forma de agarrar mi brazo al caminar para no separarse de mí... a la izquierda de mi pecho, piel con piel, corazón con corazón.
Mi abuela logró ese superpoder de seguir caminando a la izquierda de mi pecho siempre, aunque, no negaré que echo de menos sus abrazos blanditos en los que todo parecía estar bien.
Desde entonces, las navidades adquirieron cierta tristeza que siempre acompaña, hasta cuando nos estamos riendo a carcajadas; algunas navidades son mejores y otras peores, con el tiempo volví a descubrir cosas que me gustaban de estas fechas, e incluso ser capaz de aceptar mejor cada navidad como era y no como quería que fuese... algo que me reconcilia con la tristeza que siento es saber que ella no impide la existencia total de experimentar, también, cosas bellas o pequeñas dosis de ilusión, creo firmemente en que crecer no es negar la existencia de la magia, sino aprender a verla y sentirla de una manera distinta.
La mirada de mi madre sabiendo, sin preguntarme, cómo estoy, ofreciéndome ver una película hoy con ella, las videollamadas con esas amigas que están lejos y que deberían estar a centímetros, los abrazos fuertes con la excusa del frío, churros con chocolate entre risas, los besos de esquimal y cogernos de la mano, ver los puestos de los mercadillos juntas, los "te echaba de menos" de quien ya tardaba en volver, las visitas sorpresas de la familia del norte y, en definitiva, seguir haciéndolo todo con mucho amor.
Abuela te echo de menos, en estas fechas es imposible no fantasear con uno de tus abrazos. Ya lo hacía antes, pero, desde que te fuiste intento darlos aún mejor y con más amor, me sigue dando mucho miedo no saber cuando le estoy dando el último a alguien. No te mentiré, estoy triste por varias razones, pero te prometo que estoy intentando cuidarme y dejarme cuidar; a veces, antes de darse varios cambios importantes, parece que todo se tambalea y se derrumba. Pues ahí estoy, viendo y pidiéndo(te) tumbada a las estrellas antes de volver a levantarme. No estoy bien abuela, pero no quiero preocuparte, porque sé que volveré a estar bien poco a poco. Crecer a veces es una movida complicada. Mamá también te echa de menos, pero cada navidad siento que lleva tu ausencia un poquito mejor, ojalá algún día volvamos al norte, ya no hay una "casa de la abuela", pero sé que tú seguirás estando por todas partes, siempre lo estás.
Te quiero mucho abuela, gracias por todo el amor que me dejaste bien guardadito aquí dentro, es uno de los regalos más especiales, eso y la escritura, el regalo que me hizo el abuelo tras irse. ¿Cómo no voy a seguir creyendo en la magia y en el amor teniendo unos abuelos como vosotros?.
Yo creo, sí creo. Feliz navidad, ojalá estéis siendo muy felices allá donde estéis, es lo mínimo que la vida podría hacer para agradeceros todo lo bonito que aquí (nos) disteis.
Os quiero mucho, gracias por todo.
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