Dicen las voces que ya no puedo regresar a un lugar que no exite, dicen también que el lugar al que camino tendrá flores, amor, ternura y refugios en el interior de varias corazas sin desarmar del todo.
Dicen las voces que el miedo es inevitable y el dolor opcional, dicen las voces que debo tener paciencia, respetar mis propios ritmos y procesos, confiar, aún sin dejar de ser presa de cantidades abrumadoras de incertidumbre.
Camino durante horas por zonas húmedas, zonas áridas, zonas nostálgicas y zonas aún por descubrir... a veces me obsesiono tanto con llegar a alguna parte, que ni me paro a observar toda la belleza que hay en cada rincón, en paisajes y personas.
Las voces hacen ruido, mucho ruido, tan molesto y tan ensordecedor, que algunos días llegó agotada a la cama sin haber hecho ningún aparente esfuerzo exagerado; debería cuidarme más y mejor, pero es complicado cuando yo misma soy, a veces, quien más se presiona y exige ahí fuera para evitar mirar demasiado aquí dentro.
Me siento algo sola y perdida gran parte del tiempo, envidio las aparentes e idílicas redes de apoyo de otros y observo esa normatividad de algunas de mis amigas a la que creí pertenecer tiempo atrás, lo siento tan lejano y ajeno a mí ahora, no obstante, sigo sintiendo cierta envidia de todo mi alrededor y de sus hogares construidos y familias elegidas, en ocasiones me siento fuera de cualquier espacio o sin derecho a ocupar el mismo, tal vez no sea así, pero por las noches tengo mayor facilidad para ponerme algo tristona.
Llevaba tiempo atreviéndome a saltar de precipicio en precipicio, bailar con los ojos cerrados, colarme en hogares con sonrisas preciosas y olor a comida recién hecha, mirar detrás de todas las puertas desconocidas, atreverme a entrar, abrir todas las ventanas...
Ahora, estoy tan lejos de todo lo que creía conocer, incluso de mí misma (o de quien creía ser), que suelo sentir exceso de miedos cada vez que algo, o alguien, me hace sentir viva.
Sé que no estoy tan sola como me siento ni tengo tanto miedo como creo, al final y sin saber exactamente cómo lo hago, sigo saltando al vacío de vez en cuando enamorada de la sensación de nunca caer, de siempre acabar volando.
Echo de menos el teatro, bueno, en realidad echo de menos el arte, sentirlo explotando en mi interior, no encuentro las formas ni el modo de volver a él. Aunque tal vez existan infinidad de formas de regresar a él que yo todavía no he descubierto, quién sabe...
Es de noche, el pensamiento recurrente de no poder regresar me pone triste y nerviosa; se siente como una de esas veces en que les decías a tus padres por la tarde que te ibas de casa y aparecías por la noche porque tenías hambre.
Lo que asusta no es tanto haberse perdido, sino descubrir que, aún sin saber dónde estás o hacia dónde vas, no quieres regresar.
Porque en el fondo sabes que, aunque ciertas partes de esos lugares contienen cachitos de ti y tú de ellos, no perteneces a ellos y esto genera tanto miedo como adrenalina y cierta felicidad y deseo difíciles de describir desde fuera.
¿Tiene sentido algo de todo esto?.
Cambio y corto.
No escucho (todavía) nada al otro lado de este viejo teléfono escacharrado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario