Yo creo, sí creo, en la ternura y en el amor como armas políticas y sociales capaces de ponerlo todo patas arriba; cambiar absolutamente todo el mundo de ahí fuera, y comprender así que el de dentro no estaba mal, que nunca le sobró ni intensidad ni colores, y mucho menos que le faltó maldad.
Creo en los besos de esquimal y en la frente, creo en las personas que te desnudan sin tocarte el cuerpo, creo en el "avísame cuando llegues a casa", creo en quienes aún siguen regalando flores o quienes te llevan a campos repletos de ellas, creo en las miradas en las que se lee "no me voy a ir a ningún lado sin ti", creo en las caricias suaves y en los besos pasionales, creo en los "vamos a sentarnos y hablar de esto, no quiero perderte", creo en las sonrisas en las que te puedes quedar a dormir.
Los ojos achinados cuando alguien es muy feliz, y no tiene miedo a compartirlo con el resto, cocinar para muchos por si alguien tiene su plato vacío, las manos que sostienen y que acarician, las cartas escritas a mano, las familias que el día de Navidad colocan los regalos bajo el árbol aún sin tener apenas nada que llevarse a la boca, las voces de quienes defienden a sus familias elegidas, los sueños de quienes creen que las cosas se pueden hacer de una manera distinta, la comunicación entre vecinas y que no quede ningún piso sin familias.
Creo en quien está en el barro, y no en quien observa todo desde su gran sillón de privilegios, creo en quienes limpian suelo y paredes cuando la función se ha acabado, en quienes guían y nunca reciben el reconocimiento que merecen, creo en los menores que comparten su merienda, sus colores y hasta el folio en el que pintan, creo en quienes se atreven a llorar con la cara al descubierto, en quienes no le temen a pronunciar o escuchar ese "te quiero", en quienes se permiten sentirlo todo bien adentro, en quienes deciden quedarse hasta el final, en quienes saben cerrar la puerta con el mismo cuidado y amor con el que la abrieron.
Por esto y mucho más, creo en mí, porque creo en la ternura y en el amor que siento y que me guía, creo que la niña que fui sí se atrevería a acercarse a alguien como yo para confesarle que se ha perdido, y esto creo que es una muy buena señal de que lo estoy haciendo bien, o al menos, lo suficiente como para sentir que estoy convirtiéndome en la adulta que admiraba y deseaba tener cerca de pequeña.
Yo creo, sí creo... ¿cómo no lo voy a hacer?.
De pequeña creía en las hadas, todavía lo sigo haciendo, sin ellas no habría llegado hasta aquí; ahora cada vez más creo en el amor y en la ternura... sin ellos tampoco habría llegado aquí.