domingo, 26 de abril de 2020

No quiero volver ahí.


Miedo. Me observo durante varios minutos desnuda delante del espejo y sólo veo defectos, imperfecciones que tal vez algún día ya ni las vea, pero, hoy son como luciérnagas en mitad de la oscuridad.

Miedo. No he llegado a poder escribir ni cinco cosas que me gusten de mi cuerpo, en cambio la otra lista la tengo llena.

Miedo. Yo ya he pasado por aquí y no quiero volver, recuerdo que dolió mucho recorrer este camino, recuerdo como me sentía y dolía, dolía mucho.

Miedo. Sigo mirándome en el espejo y del fondo de los ojos acuosos de la chica que tengo enfrente empiezan a nacer sensaciones desagradables de sentir que no es suficiente, que menuda poca cosa, que este cuerpo está defectuoso.

Miedo. Empiezo a tener dudas de si los avances que creía haber logrado tan sólo fueron falsas ilusiones, tal vez siga en el mismo sitio del que creía haberme alejado.

Miedo. De mí, de mi forma de observarme, de mi complicada forma de ser y de todo lo que ello conlleva.

Miedo. Muchísimo. La chica del espejo se muerde los labios asustada tan fuerte como puede, se tapa con vergüenza todo el cuerpo y el espejo se llena de etiquetas, algunas creadas por ella, otras adjudicadas por otros.

Miedo. A no ser suficiente, a sentirse poca cosa ante el resto y, sobre todo, ante ella misma.

Miedo. Está anocheciendo, no quiero que lo haga, y menos en estas condiciones.

Miedo. "No te preocupes, esto es pasajero",  "no te preocupes, esto es pasajero","no te preocupes, esto es pasajero".

Miedo. Como los segundos antes de saltar, como los instantes antes de ponerse a llorar contra la almohada para que nadie te escuche, como el minuto de después de una despedida, como el momento en que todo se queda en silencio y estás rodeada de gente.

Miedo. A todo y a nada a la vez.

Al menos, he vuelto a escribir, así que puedo tener la seguridad de que no he olvidado cómo se respira, pero, tengo miedo.



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